—Al menos pondré los medios, hija; he ahí lo único que puedo prometerte por ahora. Pero y tú, ¿qué vas a hacer?

—¿Yo?

—Sí, ¿mientras mis compañeros y yo intentemos salvar al capitán?

—Seguiré a VV., padre mío, si V. me lo permite.

—Corriente, porque yo también creo que lo más prudente será eso. ¿Con que profesas al capitán tanto afecto, puesto que tan ardientemente deseas salvarle?

—¿Yo, padre mío? respondió la joven con entera franqueza, nada de eso, solo que me parece que sería espantoso dejar matar a un oficial valiente cuando se le puede salvar.

—¿Entonces aborreces al Jaguar, sin duda alguna?

—No por cierto, padre: a pesar de su carácter exaltado, me parece que tiene un corazón noble, y aún V. mismo le estima, lo cual es para mí la razón más poderosa. Lo que me hace padecer es ver en abierta oposición a dos hombres que, si se conociesen, estoy persuadida de que muy pronto simpatizarían mutuamente, y por eso no quisiera que hubiese sangre derramada entre ambos.

Estas palabras fueron pronunciadas por la joven con tan cándida franqueza que el canadiense permaneció algunos instantes completamente atónito; el leve destello de verdad que creía haber percibido, se le escapaba de improviso sin que le fuese posible explicarse como había desaparecido; ya nada comprendía en la conducta de Carmela, ni en los motivos que la impulsaban a obrar; pues no había razón alguna para desconfiar de su buena fe en cuanto había dicho.

Después de haber mirado atentamente a la joven durante un momento, movió dos o tres veces la cabeza como un hombre completamente desorientado, y sin añadir una palabra, se dispuso a despertar a sus compañeros.