Tranquilo era uno de los cazadores más experimentados de los bosques de la América del Norte, todos los secretos del desierto le eran conocidos; pero ignoraba por completo ese gran misterio que se llama el corazón de las mujeres, misterio tanto más difícil de penetrar cuanto que las mismas mujeres le ignoran casi siempre, pues por lo general obran bajo la impresión del momento, bajo el dominio de la pasión y sin segunda intención.
El canadiense en pocas palabras puso a sus compañeros al corriente de su proyecto, y estos, según él lo esperaba, no opusieron objeción alguna y se dispusieron a seguirle.
Diez minutos después montaban a caballo y abandonaban el campamento en pos de Lanzi que les servía de guía.
En el momento en que desaparecían bajo la enramada, el búho hizo resonar su grito matutino, precursor de la salida del sol.
—¡Dios mío! murmuró Carmela con angustioso acento, ¿llegaremos a tiempo?
[XXI.]
EL JAGUAR.
Cuando el Jaguar se marchó de la venta del Potrero, iba poseído de extremada agitación; las palabras de la joven resonaban en su oído con un acento irónico y burlón; la última mirada que le había dirigido le perseguía como un remordimiento: el joven se arrepentía amargamente de haber interrumpido de una manera tan brusca su conversación con Carmela, estaba descontento de la manera en que había respondido a sus súplicas, en fin, se hallaba en la mejor disposición de ánimo imaginable para cometer uno de los actos de crueldad a que con sobrada frecuencia le había arrastrado su carácter violento y que habían marcado su fama con un sello vergonzoso, actos que se arrepentía en extremo de haber cometido cuando era ya demasiado tarde.