Corría a escape tendido por medio de la pradera, ensangrentando con las espuelas los ijares de su caballo, que se encabritaba a impulso del dolor, profiriendo maldiciones ahogadas, y dirigiendo en torno suyo unas miradas tan feroces como las de una fiera cuando anda en busca de una presa.
Hubo un momento en que tuvo intenciones de volver a la venta, arrojarse a los pies de la joven, y reparar, en una palabra, la falta que le hiciera cometer la pasión sorda que le agitaba, prescindiendo de toda clase de celos y poniéndose completamente a disposición de Carmela para cuanto se le antojase mandarle.
Pero, como suele suceder con la mayor parte de las buenas resoluciones, ésta no tuvo más que la duración de un relámpago. El Jaguar reflexionó, y con la reflexión volvieron la duda y los celos, y como consecuencia inmediata, un nuevo furor más insensato y más loco que el primero.
El joven fue galopando así durante mucho tiempo sin seguir, al parecer, ninguna dirección determinada; sin embargo, de vez en cuando y a largos intervalos se paraba, se empinaba sobre los estribos, exploraba la llanura con una mirada de águila, y luego volvía a arrancar a rienda suelta.
Hacia las tres de la tarde se adelantó a la conducta de plata; pero como la había visto desde lejos, le fue fácil evitar su encuentro, oblicuando levemente a la derecha y metiéndose por medio de un poblado bosque que le hizo ser invisible durante un espacio de tiempo suficiente para que no temiese ser descubierto por los exploradores destacados a vanguardia.
Sin embargo, una hora próximamente antes de la puesta del sol, el joven, que por centésima vez acababa de pararse con el fin de explorar los alrededores, lanzó un grito de júbilo contenido: por fin iba a reunirse con aquellos a quienes tanta prisa tenía de alcanzar.
A unos quinientos pasos del sitio en que el Jaguar estaba parado en aquel momento, una partida de treinta a treinta y cinco jinetes seguía en buen orden la senda calificada con el pomposo nombre de carretera que cruzaba la pradera.
Aquella partida, compuesta en su totalidad de blancos, según era fácil conocerlo por sus trajes, parecía que ostentaba en su marcha cierto aspecto militar. Además, todos aquellos jinetes iban ampliamente provistos de armas de todas clases.
Al comenzar la presente narración, mencionamos a varios jinetes que se hallaban próximos a desaparecer a lo lejos cuando los dragones salían de la venta del Potrero: eran precisamente los que el Jaguar acababa de ver.
El joven se llevó las dos manos abiertas a la boca para formar una especie de bocina, y por dos veces lanzó un grito agudo, estridente y prolongado.