Aunque la partida se hallaba en aquel momento bastante lejos, al oír la señal, los jinetes se detuvieron como si los pies de sus caballos se hubiesen clavado súbitamente al suelo.
El Jaguar se inclinó entonces sobre su silla, hizo saltar a su caballo por encima de los matorrales, y en pocos minutos llegó junto a aquellos que se habían detenido para esperarle.
El joven fue acogido con gritos de júbilo, y todos los circunstantes se estrecharon en torno suyo dando muestras del mayor interés.
—Gracias, amigos míos, dijo el joven, gracias por las pruebas de simpatía que me dais; pero os ruego que me concedáis un momento de atención, pues el tiempo urge.
Restablecióse el silencio como por encanto; pero las miradas chispeantes que se fijaban en el joven revelaban a las claras que la curiosidad, no por ser muda, era menos ardiente.
—No se había V. equivocado, John, continuó el Jaguar dirigiéndose a uno de los individuos colocados más cerca de él, la conducta de plata viene detrás de nosotros: no la llevamos más que tres o cuatro horas de delantera. Según me lo había V. advertido, viene escoltada, y la prueba de que atribuyen mucha importancia a su seguridad es que la escolta la manda el capitán Melendez.
Al oír esta noticia, los oyentes hicieron un gesto de desagrado.
—¡Paciencia! repuso el Jaguar con una sonrisa burlona; donde no basta la fuerza queda la astucia. El capitán Melendez es todo un valiente y un hombre de experiencia, convengo en ello; pero y nosotros ¿no somos también valientes? ¿La causa que defendemos no es bastante hermosa para excitarnos a proseguir de todos modos nuestra empresa?
—¡Sí! ¡Sí! ¡Hurra! ¡Hurra! exclamaron todos los circunstantes blandiendo sus armas con entusiasmo.
—John, V. ha entablado ya relaciones con el capitán, le conoce a V. Quédese aquí con otro de nuestros amigos, y déjense coger prisioneros los dos. Confío en VV. para disipar las sospechas que pueda abrigar la mente del capitán.