—Descuide V., yo me encargo de ello.

—Muy bien. Solo que le aconsejo a V. se ande con cuidado con él, porque es rudo adversario.

—¡Ah! ¿De veras?

—Sí. ¿Sabe V. quien le acompaña?

—No por cierto.

—Fray Antonio.

—¡Vive Dios! ¿Qué me dice V.? ¡Diantre! Hace V. bien en avisarme.

—¡Ya lo veo!

—¡Oh! ¡Oh! ¿Querrá por ventura ese fraile maldito hacernos mal tercio?

—Mucho lo temo. Ese hombre, como V. sabe, se halla relacionado con todas las gentes de mal vivir, sean del color que quieran, que vagan por el desierto, y aún pasa por ser uno de sus jefes. Puede muy bien habérsele ocurrido la idea de apropiarse la conducta de plata.