—¿Conoce V. bien esta comarca?

—Soy hijo del país, mi Capitán, respondió el dragón, y no hay por aquí senda ni atajo que yo no recorriese cien veces siendo niño.

—¿Sabe V. que me tiene que servir de guía?

—El señor general me dispensó la honra de decírmelo.

—¿Y cree V. estar seguro de podernos conducir sanos y salvos al sitio en que nos esperan?

—Al menos pondré cuanto esté de mi parte para conseguirlo.

—Bueno. ¿Está V. cansado?

—Mi caballo lo está más que yo. Si mandase usted que me diesen otro, inmediatamente estaría en disposición de obedecer las órdenes de V., porque veo que tiene prisa de ponerse en marcha.

—Corriente. Escoja V. un caballo.

El soldado no dio lugar a que le repitiesen la orden. Varios caballos de repuesto seguían a la escolta, y cogió uno de ellos sobre el cual colocó el equipo del que dejaba. Al cabo de breves instantes estaba hecho el cambio, y el jinete colocado en la silla.