—Estoy a las órdenes de V., mi Capitán, dijo el dragón.
—En marcha, respondió el oficial.
Y en seguida añadió mentalmente:
—¡No perderé de vista a este tuno!
[XXVII.]
EL GUÍA.
La ley militar es inflexible y tiene reglas de las cuales nunca se aparta, pues la disciplina no admite vacilaciones ni tergiversaciones. El axioma despótico que tan en boga está en las cortes orientales: «Entender es obedecer», es vigorosamente cierto bajo el punto de vista militar. Seguramente, por muy duro que esto pueda parecer al pronto, es indudable que debe ser así, porque si a los inferiores se les concediese el derecho de discusión respecto de las órdenes que reciben de sus superiores, toda disciplina quedaría destruida; los soldados, no obedeciendo ya más que a su capricho, llegarían a ser ingobernables, y el ejército, en vez de prestar a su país los servicios que éste tiene derecho a exigir, llegaría a ser una verdadera calamidad para él.
Estas reflexiones y muchas más se agolpaban en confuso tropel a la mente del capitán, mientras iba siguiendo muy pensativo al guía que el despacho de su general le había impuesto de una manera tan singular. Pero la orden era clara, terminante; se veía obligado a obedecer y así lo hacía, aunque en su interior se hallaba convencido de que el hombre en quien le obligaban a fiar, era, si no completamente un traidor, al menos indigno de la confianza que en él se depositaba.