En cuanto al soldado, galopaba con la mayor indiferencia a la cabeza del convoy, fumando, riendo y cantando, sin que pareciese que recelaba en manera alguna las sospechas que sobre él recaían.

Verdad es que el capitán había ocultado con el mayor cuidado en el fondo de su corazón la mala opinión que formara respecto de su guía, y que ostensiblemente parecía que tenía en él la mayor confianza. En la situación crítica en que se hallaba el convoy, la prudencia exigía que los que de él formaban parte no sospechasen la inquietud de su jefe, a fin de que no se desmoralizasen con el temor de una traición próxima.

El capitán, antes de ponerse en marcha, había dado con cierta afectación las órdenes más severas para que las armas se tuviesen en buen estado, había mandado una descubierta a vanguardia y flanqueadores a los costados, con el fin de explorar las cercanías y cerciorarse de que el paso estaba libre y no tenía que recelar peligro alguno. En fin, había adoptado con el mayor esmero todas las medidas que la prudencia exigía para garantizar el buen éxito del viaje.

El guía, testigo impasible de estas precauciones, y por quien se habían adoptado todas con tanta ostentación, pareció que las aplaudía, apoyando las órdenes del capitán y haciendo observar la habilidad que tenían los merodeadores de fronteras para deslizarse entre los matorrales y las yerbas sin dejar rastro alguno, y la atención que debía consagrar la descubierta al cumplimiento del encargo que se le confiaba.

Cuanto más avanzaba el convoy hacia la parte de las montañas, más difícil y peligrosa se tornaba la marcha. Los árboles, que al pronto estaban desparramados en mayor espacio de terreno, se habían ido acercando unos a otros insensiblemente; a la sazón formaban un poblado bosque, en cuyo centro era preciso abrirse paso con el hacha en muchos sitios por razón de las guirnaldas de plantas trepadoras que se enredaban unas con otras y algunas veces formaban un laberinto impenetrable; además se encontraban riachuelos que solían ser bastante anchos y de orillas escabrosas y de difícil acceso, que los caballos y las mulas tenían que vadear por medio de las iguanas y los aligátores, muchas veces con el agua hasta las cinchas.

La espesa bóveda de ramas bajo la cual avanzaba penosamente el convoy, ocultaba por completo el cielo, y solo con sumo trabajo dejaba que se filtrasen algunos rayos de sol que no bastaban del todo para disipar la oscuridad que reina casi de continuo en las selvas vírgenes aun en mitad del día.

Los europeos que, en materia de bosques, no conocen más que los del viejo mundo, no pueden formarse una idea, ni siquiera remota, de lo que son aquellos inmensos océanos de verdor que en América denominan selvas vírgenes.

Allí parece que todos los árboles se sostienen unos a otros, tanto es lo enredados y mezclados que están, atados y unidos entre sí por redes de plantas trepadoras que enlazan sus troncos, se retuercen en torno de sus ramas, se introducen en el suelo para surgir de nuevo como los tubos de un órgano inmenso, unas veces formando caprichosas parábolas, otras subiendo y bajando sin cesar en medio de los inmensos grupos de esa especie de muérdago parásito, denominado tilansia, que cae en anchos ramilletes del extremo de las ramas de todos los árboles. El suelo cubierto de detritos de todas clases y del humus formado por los árboles que se secan y perecen, se esconde bajo una alfombra de yerba abundante y de muchos pies de altura. Los árboles, casi todos de la misma clase, ofrecen tan poca variedad, que cada uno de ellos parece que es una mera repetición de todos los demás.

Estos bosques se hallan cruzados en todas direcciones por sendas trazadas desde hace siglos por los pies de las fieras, y que conducen a sus misteriosos abrevaderos: en diferentes puntos, y perdidos bajo la enramada, varios pantanos infectos sobre los cuales revolotean nubes de mosquitos, producen densas nieblas que se alzan de su seno y llenan la selva de tinieblas; reptiles e insectos de todas clases se arrastran silenciosos por el suelo, mientras que el canto de los pájaros y los roncos gritos de las fieras forman un concierto aterrador que los ecos de las lagunas repiten simultáneamente.

Los más aguerridos cazadores de los bosques solo temblando es como se aventuran en las selvas vírgenes, porque es casi imposible orientarse en ellas con certidumbre y no se puede fiar en las sendas que a cada instante se mezclan y se confunden. Los cazadores saben por experiencia que un hombre perdido en una de esas sendas, a no ser por algún milagro, tiene que perecer en ella, encerrado entre las murallas que forman la crecida yerba y los cortinajes de plantas trepadoras, sin esperanza de verse socorrido ni salvado por un ser de su especie.