En una selva virgen era donde el convoy se había internado en aquel momento.

El guía, siempre tranquilo y descuidado, continuaba avanzando sin vacilar lo más mínimo, como si estuviese completamente seguro del camino que seguía, y contentándose, muy de tarde en tarde, con dirigir una mirada distraída a la derecha o a la izquierda, pero sin contener por eso el paso de su cabalgadura.

Sin embargo, era cerca del mediodía, el calor iba siendo sofocante; los caballos y los hombres, que estaban en marcha desde las cuatro de la madrugada, por senderos en extremo dificultosos, se hallaban abrumados de cansancio y reclamaban imperiosamente algunas horas de un descanso indispensable para poder seguir adelante.

El capitán se decidió a hacer acampar a su gente en una de esas plazoletas bastante extensas que con tanta frecuencia se encuentran en aquellos parajes, y que están formadas por la caída de árboles derribados por los huracanes o muertos de vejez.

Sonó la voz de «¡Alto!» Los soldados y los arrieros lanzaron un suspiro de satisfacción, y se detuvieron en seguida.

El capitán, cuyos ojos se hallaban fijos casualmente en aquel momento en el guía, vio en su frente una nube de descontento; sin embargo, el soldado, conociendo que le observaban, se serenó en seguida, fingió compartir la general alegría, y echó pie a tierra.

Quitáronse las sillas y aparejos a los caballos y las mulas, a fin de que pudiesen pastar con entera libertad los retoños de los árboles y la abundante yerba que crecía por todas partes.

Los soldados tomaron su frugal comida y se tendieron sobre sus capotes para dormir la siesta.

Muy luego estuvieron sepultados en el más profundo sueño todos los individuos que formaban parte del convoy; solo dos hombres velaban: eran el capitán y el guía.

Probablemente cada uno de ellos se hallaba atormentado por reflexiones bastante graves para desterrar el sueño y mantenerlos despiertos cuando todo les convidaba al descanso.