A pocos pasos de la explanada, monstruosos iguanas estaban tendidos al sol revolcándose en el fango ceniciento de un arroyo cuya agua corría blandamente, con un murmullo leve, por entre los obstáculos de todas clases que entorpecían su curso. Nubes de insectos llenaban el aire con el continuo zumbido de sus alas; las ardillas saltaban alegremente de rama en rama; los pájaros, ocultos en la enramada, cantaban con todas sus fuerzas, y algunas veces por encima de la crecida yerba se veía aparecer la cabeza fina y los ojos asustados de un gamo o de un ashata que se lanzaba de pronto a la espesura con bramidos de terror.
Pero los dos hombres estaban sobrado preocupados por sus pensamientos para observar lo que pasaba en torno suyo.
El capitán levantó la cabeza: en aquel momento el guía clavaba en él una mirada de singular fijeza. Avergonzado al verse sorprendido así de improviso, procuró desorientar al oficial dirigiéndole la palabra, táctica antigua por la cual no se dejó éste engañar.
—¡Qué día de calor! dijo el soldado con tono indiferente.
—Sí, contestó lacónicamente el capitán.
—¿No tiene V. ganas de dormir?
—No.
—Pues yo siento mis párpados muy pesados, se me cierran los ojos sin querer. Con permiso de V. voy a hacer como mis compañeros y a disfrutar algunos instantes del excelente sueño que ellos están saboreando con tanta delicia.
—Aguarde V. un momento que tengo que decirle algunas palabras.
—¿A mí?