—Sí.
—Corriente, dijo el soldado con la más completa indiferencia.
Se levantó ahogando un suspiro de pesadumbre, y fue a colocarse junto al capitán, quien se apartó para hacerle sitio bajo la sombra protectora del árbol corpulento y frondoso que extendía por encima de sus cabezas sus brazos de gigante cargados de pámpanos y de tilansia.
—Tenemos que hablar seriamente, repuso el capitán.
—Como V. guste.
—¿Puede V. ser franco?
—¿Cómo? dijo el dragón desconcertado por aquella pregunta a quemarropa.
—O si V. lo prefiere, ¿puede V. ser leal?
—Según.
El capitán le miró.