—¿Responderá V. a mis preguntas?

—No lo sé.

—¿Cómo que no lo sabe V.?

—Escuche V., mi Capitán, dijo el guía en tono inocentón: mi madre, la buena mujer, me encargó siempre que desconfiase de dos clases de personas: de los que piden prestado y de los que hacen preguntas; porque decía, y con mucha razón, que los primeros atentan a nuestra bolsa y los segundos a nuestro secreto.

—¿Tiene V. un secreto según eso?

—¡Yo! No por cierto.

—Pues entonces ¿qué teme V.?

—No mucho, en verdad. Vamos, pregúnteme V., mi Capitán, que yo procuraré responder.

El campesino mejicano, indio manso o civilizado, se parece mucho al labriego normando en que es casi imposible obtener de él una respuesta positiva a la pregunta que se le dirige. El capitán se vio obligado a contentarse con la semipromesa del guía, y repuso:

—¿Quién es V.?