Los ojos del soldado lanzaron un relámpago, pero sus facciones permanecieron impasibles, y ni un músculo de su rostro se movió.

—¡Oh! ¡Oh! ¡Señor Capitán! tiene V. una manera singular de hacer preguntas a sus amigos, dijo con voz sombría.

—¿Quién me asegura que V. lo es mío? No le conozco a V.

—Es verdad; pero conoce V. a la persona que me ha enviado; esa persona es jefe de V. lo mismo que mío, y al venir aquí, he obedecido su mandato como V. debe obedecerle conformándose con las órdenes que le ha enviado.

—Sí; pero esas órdenes me han sido trasmitidas por V.

—¿Qué importa eso?

—¿Quién me asegura que ese despacho que he recibido ha sido entregado realmente a V.?

—¡Cáspita! mi Capitán, ¡lo que está V. diciendo nada tiene de lisonjero para mí! repuso el guía con tono ofendido.

—Lo sé; desgraciadamente vivimos en un tiempo en que es tan difícil distinguir a los amigos de los enemigos, que nunca pueden adoptarse sobradas precauciones para evitar el caer en un lazo. Estoy encargado por el gobierno de desempeñar una misión en extremo delicada, y más que nadie debo obrar con reserva respecto de gentes que me son desconocidas.

—Tiene V. razón, mi Capitán; por eso, no obstante lo injuriosas que sus sospechas son para mí, no me enfado por lo que V. me dice: las posiciones excepcionales exigen medidas excepcionales también. Únicamente procuraré probar a V. con mi conducta que se ha equivocado respecto de mí.