—Me alegraré infinito de haberme equivocado; ¡pero tenga V. cuidado! Si observo la más mínima cosa sospechosa, ya sea en los movimientos o en las palabras de V., no vacilaré en levantarle la tapa de los sesos. Ahora ya está usted avisado, y puede obrar con arreglo a ello.
—Corriente, mi Capitán, correré ese riesgo. Suceda lo que quiera, estoy seguro de que mi conciencia me absolverá, porque habré puesto cuanto esté de mi parte para cumplir con mi deber.
Y esto lo dijo con tal aspecto de franqueza, que impuso al capitán a pesar de sus sospechas.
—Veremos, dijo este. ¿Saldremos pronto del bosque infernal en que estamos?
—Ya no nos quedan más que dos horas de marcha: a la puesta del sol nos reuniremos con los que nos aguardan.
—¡Dios lo quiera! murmuró el capitán.
—¡Amén! dijo el soldado con tono burlón.
—Pero como ha juzgado V. conveniente no responder a ninguna de mis preguntas, repuso el oficial, no llevará V. a mal que desde este momento no le pierda de vista, y que cuando volvamos a ponernos en marcha, le conserve a mi lado.
—Como V. guste, mi Capitán; tiene V. de su parte la fuerza, ya que no el derecho, y me veo obligado a conformarme con su voluntad.
—Muy bien; ahora puede V. dormir si así le parece.