—Según eso, ¿nada más tiene V. que decirme?

—Nada.

—Pues entonces voy a aprovechar el permiso que V. se sirve darme y a tratar de recuperar el tiempo perdido.

Entonces el soldado se levantó ahogando un bostezo prolongado, se alejó algunos pasos, se tendió en el suelo, cerró los ojos; y al cabo de algunos minutos pareció que se hallaba sepultado en un sueño profundo.

El capitán continuó velando. La conversación que acababa de tener con el guía no había hecho sino aumentar su inquietud, probándole que aquel hombre ocultaba una gran astucia bajo una forma tosca y trivial. En efecto, no había respondido a ninguna de las preguntas que le dirigiera, y al cabo de algunos instantes logró obligar al capitán a dejar el ataque por la defensa, dándole razones muy lógicas contra las cuales nada se podía alegar.

Así pues, en aquel momento se hallaba don Juan en la peor disposición de ánimo en que puede encontrarse un hombre de corazón, descontento de sí mismo y de los demás, íntimamente persuadido de que tiene razón, pero obligado, en cierto modo, a confesar que ésta no está de su parte.

Como sucede siempre en tales casos, los soldados fueron quienes sufrieron las consecuencias del mal humor de su jefe, porque el oficial, temiendo agregar las tinieblas de la noche a las malas probabilidades que se figuraba tener contra sí, y deseando en extremo no ser sorprendido por la oscuridad en medio del intrincado laberinto de la selva, abrevió el alto mucho más de lo que lo habría hecho en cualquiera otra ocasión.

A las dos de la tarde próximamente, hizo tocar el botasillas, y dio la orden de marcha.

Sin embargo, ya había cedido el calor más fuerte del día; los rayos del sol, más oblicuos, habían perdido una parte considerable de su intensidad, y la marcha se continuó bajo condiciones comparativamente mejores que antes.

El capitán, según lo había prevenido, intimó al guía la orden de colocarse a su lado, y en cuanto le era posible, no le perdía de vista ni un segundo.