El dragón parecía que no se cuidaba en manera alguna de esta vigilancia molesta; seguía caminando, en la apariencia, con la misma indiferencia que antes, fumando su cigarrillo de papel y tarareando a media voz algunos trozos de jarabes.
El bosque comenzaba a aclararse poco a poco; las explanadas o plazoletas iban siendo más frecuentes, y la vista abarcaba un horizonte más vasto. Todo inducía a presumir que no se tardaría en llegar al lindero de la selva.
Sin embargo, a derecha e izquierda se veían movimientos de terreno; el suelo comenzaba a elevarse insensiblemente, y la senda que seguía el convoy, se encajonaba cada vez más a medida que iba avanzando.
—¿Llegamos ya a los estribos de la montaña? preguntó el capitán.
—¡Oh! No, todavía no, respondió el guía.
—Sin embargo, muy pronto vamos a estar entre dos colinas.
—Sí, pero de poca elevación.
—Es verdad; sin embargo, si no me engaño, vamos a pasar un desfiladero.
—Pero tiene poca extensión.
—Debiera V. habérmelo advertido.