—No deja de serlo.
—¡Ah! ¡Pues entonces tenga V. cuidado!
—Gracias, pero no corro gran riesgo; solo se trata de entregar un oficio.
—Verdad es que un oficio, repuso el americano con la mayor indiferencia.
—¡Oh! Éste es más importante de lo que V. supone.
—¿De veras?
—Sí por cierto, pues se trata de varios millones.
—¿Qué está V. diciendo? exclamó John Davis estremeciéndose sin querer.
El cazador, desde su encuentro con el soldado, había maniobrado astutamente para inducirle a revelar el motivo que le llevaba a aquellos parajes desiertos, porque la presencia de un dragón aislado así en la pradera le había parecido muy singular, y con razón. Así pues, grande fue su alegría cuando vio al soldado caer por si mismo en el lazo que le tendía.
—Sí, repuso el dragón, el general Rubio, de quien soy asistente, me ha despachado con un parte para el capitán Melendez, que en este momento va escoltando una conducta de plata.