—Es decir, no quiere V. revelármelo.
—Justamente.
—Bien; pero, si yo lo desease, ¿podría V. conducirme a su presencia?
—No veo en ello inconveniente alguno, si el asunto merece la pena.
—¿No he dicho ya que se trata de algunos millones?
—Sí por cierto, pero no me lo ha probado usted.
—¿Y esa prueba es la que V. exige?
—Nada más.
—Eso es bastante difícil.
—No por cierto.