Pero mientras charlaban así sin tino, dirigiéndose mutuamente preguntas cuyas respuestas no se tomaban el trabajo de escuchar, su conversación no tenía más objeto que el de ocultar la secreta preocupación que les agitaba.
En su discusión precedente cada uno de ellos había querido andar con astuciosas tretas, procurando arrancarse mutuamente sus secretos, el cazador maniobrando para inducir al soldado a cometer una traición, y éste deseando más que nada venderse y obrar en tal concepto. De esta lucha de astucia resultó que los dos se encontraron de igual fuerza, y que cada cual obtuvo el resultado que ambicionaba.
Pero, para ellos, la cuestión no estribaba precisamente en esto: como sucede con todos los caracteres viciados, el buen éxito, en vez de satisfacerles, suscitó en su mente una multitud de sospechas. John Davis se preguntaba a sí mismo qué causa habría inducido al dragón a hacer traición tan fácilmente a los suyos sin estipular desde luego ventajas importantes para sí, porque en América todo se cotiza y la infamia, sobre todo, produce mucho.
El dragón, por su parte, juzgaba que el cazador había creído con sobrada facilidad sus palabras, y no obstante los modales afectuosos de su compañero, cuanto más se acercaba al campamento de los merodeadores de fronteras, más se aumentaba su malestar, porque comenzaba a temer que había ido a dar de cabeza en un lazo y que se había fiado con sobrada imprudencia de un hombre cuya fama estaba muy lejos de tranquilizarle.
He ahí la disposición de ánimo en que los dos aventureros se hallaban el uno respecto del otro una hora escasamente después de haber abandonado el sitio en que se encontraron de un modo tan fortuito.
Sin embargo, cada cual ocultaba con el mayor cuidado sus recelos en el fondo de su corazón; nada dejaban traslucir exteriormente. Por el contrario, aumentaban su cortesía y su urbanidad el uno para con el otro, tratándose más bien como hermanos queridos y gozosos por volver a verse después de una ausencia prolongada, que como hombres que dos horas antes se habían hablado por primera vez.
Hacía próximamente una hora que se había puesto el sol, y la noche cerraba por completo cuando llegaron a poca distancia del campamento del Jaguar, cuyas hogueras brillaban en medio de la oscuridad, reflejándose con efectos de luz a cual más fantásticos sobre los objetos inmediatos, y dando al paisaje agreste de la pradera un carácter de salvaje majestad.
—Ya hemos llegado, dijo el cazador parando su caballo y volviéndose hacia su compañero; nadie nos ha visto: todavía puede V. retroceder sin temor de que nadie le persiga. ¿Qué decide usted?
—¡Canario! Compañero, respondió el soldado encogiéndose levemente de hombros con expresión desdeñosa, no he venido hasta aquí para volverme atrás desde la entrada del campamento. Permítame V. que le diga con el debido respeto que su observación me parece cuando menos singular.
—Era deber mío hacérsela a V.: ¿quién sabe si mañana se arrepentirá V. del paso aventurado que hoy Va a dar?