—Es muy posible; pero ¿qué quiere V.? Correré ese riesgo: mi determinación está adoptada y es invariable. Así pues, sigamos adelante en nombre de Dios.
—Como V. guste. Antes de un cuarto de hora estará V. en presencia del hombre a quien desea ver; se explicará con él, y habré cumplido mi cometido.
—Y solo me restará dar a V. infinitas gracias, dijo el soldado interrumpiéndole con viveza. Pero no permanezcamos aquí más tiempo, que podemos llamar la atención y convertirnos en blanco de alguna bala, lo cual confieso a V. que me agradaría muy poco.
El cazador, sin responder, hizo sentir la espuela a su caballo, y continuaron avanzando.
Al cabo de algunos instantes se encontraron en el círculo de luz proyectado por la llama de las hogueras; casi en seguida se oyó el ruido que se produce al amartillar un rifle, y una voz brusca les gritó que se detuviesen al momento.
La intimación, a pesar de no ser del todo cortés, era, sin embargo, muy perentoria, y los dos aventureros juzgaron prudente obedecerla.
Entonces salieron de los atrincheramientos varios hombres armados, y uno de ellos, dirigiéndose a los dos forasteros, les preguntó, quiénes eran y qué buscaban a una hora tan inoportuna.
—Somos amigos, respondió el cazador, y queremos entrar cuanto antes.
—Todo eso está muy bien, repuso el otro; pero si no dicen VV. sus nombres, no entrarán tan pronto, y mucho más cuando uno de VV. viste un uniforme que no está muy bien mirado entre nosotros.
—Está bien, Ruperto, respondió el americano; soy John Davis, y creo que ya me conoce V. Así pues, franquéeme V. el paso sin más tardanza, y yo respondo del señor, quien tiene que comunicar al jefe un asunto de la mayor importancia.