—Sea V. muy bienvenido, John, y no se enfade: ya sabe V. que la prudencia es la madre de la seguridad.
—Sí, sí, dijo el americano riendo, V. nunca se compromete por obrar de ligero, compadre.
Entraron en el campamento sin encontrar más obstáculo.
La mayor parte de los merodeadores de fronteras dormían tendidos en torno de las hogueras; únicamente unos cuantos centinelas vigilantes, colocados en los límites del campamento, velaban por la común seguridad.
John Davis echó pie a tierra, invitando a su compañero a que le imitase; luego, haciéndole una seña para que le siguiese, se adelantó hacia una tienda de campaña, al través de cuya lona se veía brillar una luz débil y temblorosa.
Cuando el cazador hubo llegado a la entrada de la tienda, se paró, y después de dar dos palmadas, preguntó con voz contenida:
—¿Duerme V., Jaguar?
—¿Es V., John Davis, mi buen compañero? preguntaron en seguida desde adentro.
—Sí Señor.
—Entonces entre V., que le aguardo con impaciencia.