El americano levantó la cortina que cubría la entrada y penetró en la tienda; el soldado se deslizó detrás de él, y la cortina volvió a caer.

El Jaguar, sentado sobre un cráneo de bisonte, hojeaba una correspondencia voluminosa a la luz de un candil; en un rincón de la tienda se veían extendidas dos o tres pieles de oso, que sin duda estaban destinadas a servirle de lecho. Al ver a los que llegaban, el joven dobló sus papeles y los metió en una cajita de hierro cuya llave se guardó en el pecho; en seguida levantó la cabeza y fijó una mirada inquieta en el dragón.

—¿Qué es eso, John? dijo: ¿nos trae V. prisioneros?

—No, respondió el cazador; este soldado deseaba a toda costa ver a V. por ciertas razones que él mismo explicará, y he creído que debía complacerle.

—Bien, dentro de un momento nos entenderemos con él. Y V., ¿qué ha hecho?

—Lo que V. me había encargado.

—Según eso, ¿ha alcanzado V. un completo buen éxito?

—Completo.

—¡Bravo! Amigo mío. Cuénteme V. eso.

—¿Para qué dar ahora pormenores? respondió el americano señalando con una ojeada al dragón que permanecía inmóvil e impasible a pocos pasos de distancia.