—¿Y colocándose V. en el suyo?
—Cuando hayamos arreglado el asunto, se la diré a V.
—Bueno, respondió el dragón con tono indiferente.
—¿Tiene V. ahí ese despacho?
—Aquí está.
El Jaguar lo cogió, lo examinó atentamente dándole algunas vueltas, e hizo el ademán de abrirlo.
—¡Deténgase V.! exclamó el soldado con viveza.
—¿Por qué?
—Porque si le abre V., ya no podré entregársele a la persona a quien está destinado.
—¿Cómo dice V. eso?