—No sé si soy célebre, Capitán; de lo que me hallo persuadido es de que soy el hombre a quien V. se refiere.

—Si en efecto es V. Tranquilo, le dejaré entrar; pero ¿quién es el hombre que le acompaña y de quién me responde?

—El Ciervo-Negro, primer sachem de los Pawnees-Serpientes.

—¡Oh! ¡Oh! murmuró el capitán, ¿y qué viene a hacer aquí?

—Ya lo sabrá V. si quiere abrirnos la puerta.

—¡Corriente! exclamó el capitán; pero tenga V. en cuenta que, a la más leve apariencia de traición, V. y su compañero serán muertos sin misericordia.

—Y hará V. muy bien si falto a la palabra que le doy.

El capitán, después de haber encomendado a sus compañeros que se mantuviesen dispuestos para cualquier evento, mandó que bajasen el puente levadizo.

Tranquilo y el Ciervo-Negro entraron.

Ambos iban sin armas, O al menos no las llevaban a la vista.