Ante una prueba tan grande de confianza, el capitán se avergonzó de sus sospechas, y después que se hubo vuelto a alzar el puente levadizo, despidió a su escolta y solo conservó junto a sí a Bothrel.

—Síganme VV., dijo a los dos forasteros.

Estos se inclinaron sin responder, y caminaron junto a él.

Llegaron a la torre sin haber pronunciado una palabra.

El capitán los introdujo en la sala en que mistress Watt se hallaba sola y poseída de la más viva inquietud.

Su marido le hizo una seña para que se retirase; ella le dirigió una mirada suplicante que el capitán comprendió, porque no insistió, y la joven permaneció silenciosa en el sitio en que se hallaba.

Tranquilo tenía la misma expresión de fisonomía serena y franca que ya le conocemos; nada en su aspecto parecía demostrar que tuviese intenciones hostiles respecto de los colonos.

El Ciervo-Negro, por el contrario, estaba, sombrío y severo.

El capitán ofreció asientos junto al fuego a sus huéspedes.

—Siéntense VV., Señores, les dijo, que deben tener necesidad de calentarse. ¿Vienen VV. a verme como amigos o como enemigos?