—Es más fácil hacer esa pregunta que contestar a ella, dijo el cazador con tono bonachón; hasta ahora nuestras intenciones son buenas: V. mismo, Capitán, decidirá la manera en que hemos de separarnos.
—En todo caso, ¿no se negarán VV. a aceptar algún refresco?
—Por ahora ruego a V. que nos dispense, respondió Tranquilo, quien parecía hallarse encargado de llevar la voz por sí y por su compañero; creo que vale más resolver desde luego la cuestión que aquí nos trae.
¡Ya! dijo el capitán, disgustado interiormente por aquella negativa que nada bueno le presagiaba; entonces hable V., que ya le escucho, y no dependerá de mí que no quede todo arreglado entre nosotros.
—Lo deseo de todo corazón, Capitán, y con tanto más motivo cuanto que si estoy aquí, solo puede ser con el objeto de evitar las consecuencias de una mala inteligencia o de un momento de arrebato.
El capitán se inclinó en señal de agradecimiento, y el canadiense volvió a tomar la palabra diciendo:
—Es V. un antiguo militar, caballero, y con V. los discursos más cortos deben ser los mejores. He aquí, en dos palabras, el motivo que nos trae: los Pawnees-Serpientes acusan a V. de haberse apoderado, por traición, de su aldea, y de haber asesinado a la mayor parte de sus parientes y amigos. ¿Es cierto?
—Es cierto que me he apoderado de la aldea; pero tenía derecho para hacerlo, puesto que los pieles rojas se negaban a entregármela; pero niego que lo haya hecho por traición: por el contrario, los Pawnees fueron quienes se condujeron traidoramente conmigo.
—¡Oh! exclamó el Ciervo-Negro levantándose con viveza, ¡el rostro pálido tiene en la boca una lengua embustera!
—¡Silencio! gritó Tranquilo obligándole a ocupar de nuevo su puesto; déjeme V. desenredar esta madeja, que me parece está bastante embrollada. Perdone V. si insisto, caballero, repuso dirigiéndose al capitán; pero la cuestión es grave y la verdad debe ser conocida. Cuando usted llegó, ¿no fue recibido como amigo por los jefes de la tribu?