—Cabeza Gris, continuó diciendo el jefe, sabía que Cara de Mono le engañaba; pero el territorio le convenía y contaba con la fuerza de las armas para mantenerse en él de buen o mal grado.

—Es probable.

—Vencido por la evidencia y conociendo demasiado tarde que ha obrado de una manera inconsiderada, ha creído resolver todas las dificultades ofreciéndonos algunos bultos más de mercancías. ¿Cuándo han tenido los rostros pálidos una lengua recta y honrada?

—Gracias, dijo el cazador riendo.

—No hablo de la nación de mi hermano, que nunca he tenido que quejarme de ella: solo me refiero a los Cuchillos Largos del Oeste. ¿Sigue creyendo mi hermano que he hecho mal en dejar caer las flechas ensangrentadas?

—Quizás en esta ocasión, jefe, haya V. sido un poco precipitado y se habrá dejado arrebatar por la cólera; pero tiene V. tantos motivos para aborrecer a los norteamericanos que no me atrevo a censurarle.

—Según eso, ¿puedo contar con la cooperación de mi hermano?

—¿Por qué se lo he de negar a V., jefe? Su causa sigue siendo la que era, es decir, justa. Es deber mío ayudarle, y lo haré, suceda lo que quiera.

—¡Och! Doy gracias a mi hermano; su rifle nos será muy útil.

—Hemos llegado: ya es tiempo de adoptar una determinación respecto de Cara de Mono.