—Ya está tomada, respondió el jefe lacónicamente.
En aquel momento desembocaron en una vasta explanada en cuyo centro había varias hogueras encendidas.
Quinientos guerreros indios, pintados y arpados como para entrar en combate, estaban tendidos sobre la yerba en diferentes puntos, mientras que sus caballos, enjaezados y preparados, estaban maneados y comían su pienso.
En torno de la hoguera principal se hallaban colocados varios jefes que fumaban silenciosamente.
Los dos jinetes que llegaban echaron pie a tierra y se dirigieron con rapidez hacia aquella hoguera, por delante de la cual se paseaba con agitación Cara de Mono.
Ambos se colocaron junto a los demás jefes y encendieron sus pipas; aunque todos aguardaban su llegada con impaciencia, nadie les interrogó, pues la etiqueta india se opone a que un jefe tome la palabra antes de acabar de fumar su pipa.
Cuando el Ciervo-Negro hubo concluido, sacudió las cenizas de la pipa, se la puso al cinto y dijo:
—La orden de los sachems está cumplida; las flechas ensangrentadas han sido entregadas a los rostros pálidos.
Al oír esta noticia, los jefes inclinaron la cabeza en señal de satisfacción.
Cara de Mono se acercó y preguntó: