Requisó todos los caballos y mulas y se incautó de todas las armas. A los que quisieron disimular sus riquezas se les vendió los bienes, y para intimidar la avaricia de los demás, dio él solo sesenta armaduras y mil quinientos gomores de harina, tanto como la Compañía del Marfil.
Envió a la Liguria a comprar soldados, tres mil montañeses acostumbrados a combatir osos; se les pagó por adelantado seis meses, a razón de quince minas diarias.
Le hacía falta un ejército; pero no aceptó, como Hannón, a todos los ciudadanos. Rechazó por de pronto a la gente de ocupaciones sedentarias; luego, a los demasiado obesos o de aspecto pusilánime; admitió a los hombres deshonrados, la crápula de Malca, los hijos de los bárbaros y los libertos. En recompensa, prometió a los cartagineses nuevos el derecho completo de ciudadanía.
Su primer cuidado fue la reforma de la Legión. Estos arrogantes jóvenes, considerados como la majestad militar de la República, se gobernaban por sí mismos. Destituyó a los oficiales; trató a todos rudamente, haciéndoles correr, saltar y subir de un tirón la cuesta de Byrsa; lanzar azagayas, luchar cuerpo a cuerpo y dormir al raso. Sus familias venían a verles y les compadecían.
Mandó hacer espadas más cortas y borceguíes más fuertes. Fijó el número de sirvientes y redujo los bagajes, y como se guardaban en el templo de Moloch trescientos pilums romanos, los tomó, a pesar de las reclamaciones del Pontífice.
Con los que habían vuelto de Útica y otros de particulares organizó una falange de setenta y dos elefantes, que hizo formidables. Armó a sus conductores con un martillo y un escoplo para que rompieran el cráneo a estos animales en caso de que huyeran.
No consintió que sus generales fueran nombrados por el Gran Consejo. Los Ancianos le echaban en cara que violaba las leyes; él no les hizo caso; nadie se atrevía a contradecirle; todo se doblegaba a la violencia de su genio.
Él solo se encargó de la guerra, del gobierno y de la hacienda; y con el fin de prevenir acusaciones, pidió para examinador de sus cuentas al Sufeta Hannón.
Hacía trabajar en las fortificaciones, y para tener piedras derribó las viejas murallas interiores, que eran inútiles. La diferencia de fortunas, ya que no la jerarquía de razas, seguía manteniendo separados los hijos de los vencidos y de los conquistadores; los patricios vieron irritados la destrucción de esos muros; pero el pueblo, sin darse cuenta, se regocijaba sin saber por qué.
Armada la tropa, por mañana y tarde desfilaba por las calles, y a cada momento se oía el resonar de las trompetas; en los carros pasaban escudos, tiendas de campaña, picas; los patios estaban llenos de mujeres que hacían hilas y vendajes; unos a otros se infundían valor; el alma de Amílcar llenaba la República.