Dividió sus soldados en números pares, cuidando de poner a lo largo de las filas, alternativamente, un hombre robusto y otro que lo era menos, para que el menos vigoroso o más cobarde fuera llevado y empujado a la vez por su compañero. No obstante, con tres mil ligures y los mejores cartagineses no pudo formar más que una sencilla falange de cuatro mil noventa y seis hoplitas, defendidos con cascos de bronce, y que manejaban picas de fresno de catorce codos de largo.

Dos mil hombres iban armados con un puñal, reforzados con ochocientos jóvenes más, con escudo redondo y espada a la romana.

La caballería pesada estaba compuesta de mil novecientos guardias que quedaban de la Legión, cubiertos con láminas de bronce bermejo, como los clinabaros asirios. Había además más de cuatrocientos arqueros a caballo, de los llamados tarentinos, con birretes de piel de comadreja, hacha de doble filo y túnica de cuero; y mil doscientos negros del arrabal de las caravanas, mezclados con los clinabaros, que debían correr al lado de los caballos, cogidos a las crines. Todo estaba dispuesto y, sin embargo, Amílcar no empezaba la campaña.

A menudo, salía de noche solo de Cartago, y se perdía en la embocadura del Macar, más allá de la laguna. ¿Quería unirse a los mercenarios? Los ligures, acampados en los Mapales, rodeaban su casa.

Los temores de los Ricos parecieron justificados cuando se vio un día a trescientos bárbaros que se acercaban a las murallas. El Sufeta les abrió las puertas. Eran tránsfugas que se acogían a su jefe por temor o por fidelidad.

La vuelta de Amílcar no había sorprendido a los mercenarios; este hombre, según sus ideas, no podía morir. Venía para cumplir sus promesas; esperanza que nada tenía de absurda: ¡tan profundo era el abismo entre la patria y el ejército! Además, no se creían culpables; se habían olvidado del festín.

Los espías que aprehendieron les desengañaron. Fue un triunfo para los exaltados; hasta los tibios se volvieron furiosos. Además, los dos sitios les habían aburrido; nada se adelantaba; era preferible una batalla. Muchos hombres se desbandaban, merodeando por la campiña. A la noticia de los armamentos acudieron, y Matho saltó de alegría:

—¡Al fin! ¡Al fin! —exclamó.

El resentimiento que tenía contra Salambó se volvió contra Amílcar. Su odio veía una presa determinada; y como la venganza era más fácil de concebir, la creía segura; la idea le deleitaba. Al mismo tiempo, estaba dominado por una más alta ternura; devorado por un deseo más agrio. Se veía en medio de los soldados, llevando en su pica la cabeza del Sufeta, y después, en el cuarto del lecho de púrpura, apretando a la virgen entre sus brazos, cubriéndola la cara de besos, acariciando sus largos cabellos negros; estos sueños, que sabía eran irrealizables, constituían para él un suplicio. Se juró a sí mismo, ya que sus camaradas le habían nombrado schalischim, dirigir la guerra; la certidumbre de que no volvería, le impulsaba a ser implacable.

Fue a ver a Espendio, y le dijo: