—Reúne tus hombres; yo llevaré los míos. Avisa a Autharita. Estamos perdidos si Amílcar nos ataca. ¿Me entiendes? ¡Levántate!

Espendio quedó estupefacto ante este decreto autoritario. Matho, por costumbre, se dejaba guiar y se le pasaban pronto los arrebatos; pero ahora, parecía a un tiempo más calmado y más terrible; una voluntad soberbia fulguraba en sus ojos, como la llama de un sacrificio.

El griego no atendía sus razonamientos. Habitaba una de las tiendas cartaginesas bordadas de perlas, bebía bebidas frescas en copas de plata, jugaba al cótabo, dejaba crecer su cabellera y llevaba el sitio con lentitud. Por lo demás, tenía inteligencias en la ciudad y no quería partir, en la seguridad de que esta se rendiría a los pocos días. Narr-Habas, que vagabundeaba entre los ejércitos, se encontraba ahora cerca de él. Apoyó su opinión y llegó a acusar al libio de querer abandonar la empresa, por exceso de valor.

—Vete, si tienes miedo —contestó Matho—; nos prometiste pez, azufre, elefantes, infantes y caballos; ¿dónde están?

Narr-Habas le recordó que había exterminado las últimas cohortes de Hannón; en cuanto a los elefantes, se les estaba cazando en los bosques; armaba los infantes, y los caballos estaban ya en marcha; y el númida, acariciando la pluma de avestruz que le caía por la espalda, giraba los ojos como una mujer y sonreía de una manera irritante. Matho no sabía qué contestarle.

Un desconocido entró donde ellos estaban, sudoroso, asustado, sangrando los pies y desatado el cinturón; la respiración agitaba su flaco pecho como si fuera a hacerle estallar; y hablando un dialecto ininteligible, abría los ojos como si contara una batalla. El rey se echó afuera y llamó a sus jinetes.

Formaron en el llano un círculo alrededor de él. Narr-Habas, a caballo, bajaba la cabeza y se mordía los labios. Por fin, separó sus hombres en dos mitades y mandó a la primera que esperase; con gesto imperioso se llevó los otros al galope y desapareció en el horizonte, por el lado de las montañas.

—¡Señor! —dijo Espendio—: no me gustan estas cosas extraordinarias; el Sufeta, que viene, y Narr-Habas, que va...

—¡Bah! ¿Qué importa? —contestó desdeñosamente Matho.

Era una razón más para unirse a Autharita; pero si se abandonaba el sitio, saldrían los sitiados, los atacarían por retaguardia, y al frente tendrían a los cartagineses. Después de mucho hablar, se resolvió lo siguiente, que fue inmediatamente ejecutado: