Espendio, con quince mil hombres, ocupó el puente del Macar, a tres millas de Útica, y fortificó los ángulos con cuatro torres enormes, con catapultas. Con troncos de árboles, pedazos de roca y montones de espinos y piedras de las murallas cerró todos los caminos y gargantas de las montañas; y en las cumbres puso hierba seca, que se encendería para señales, y pastores acostumbrados a otear de lejos.
Sin duda Amílcar no iría, como Hannón, por la montaña de las Aguas Calientes. Debía pensar que Autharita, dueño del interior, le cerraría el camino. Además, un desastre al principio de la campaña le perdería, mientras que la victoria era probable estando más lejos los mercenarios. Meterse entre los dos ejércitos sería en él una imprudencia, contando con fuerzas inferiores; así, pues, Amílcar, según todas las probabilidades, tomaría las faldas de la Ariana, torcería a la izquierda para evitar las bocas del Macar y vendría en derechura al puerto, donde Matho le esperaría.
Vigilaba de noche a los peones, a la luz de las antorchas; iba a Hippo-Zarita, a las obras de las montañas, volvía y no descansaba. Espendio envidiaba su energía, y Matho escuchaba dócilmente a su compañero en cuanto al manejo de los espías, a la elección de centinelas, al arte de las máquinas y demás medios de defensa. Ya no hablaban de Salambó: Espendio, porque no se acordaba; Matho, por una especie de pudor. A menudo iba del lado de Cartago, para ver de lejos las tropas de Amílcar. Flechaba con sus ojos el horizonte, se echaba de bruces, y en los latidos de sus arterias creía oír el rumor de un ejército.
Dijo a Espendio que si antes de tres días no llegaba Amílcar, iría con todos sus hombres a presentarle batalla. Pasaron dos días; Espendio le contenía; pero en la mañana del sexto, partió.
No menos que los bárbaros estaban los cartagineses impacientes por la guerra; en las tiendas y en las casas había el mismo deseo, la misma angustia; se preguntaban todos qué era lo que detenía a Amílcar. En ocasiones, subía este a la cúpula del templo de Eschmún, y al lado del Anunciador de las Lunas escudriñaba el horizonte.
Un día, el tercero del mes de Tibby, se le vio bajar de la Acrópolis a pasos precipitados. Se alzó un griterío en los Mapales. Bien pronto se llenaron las calles, y los soldados se armaron, entre el llanto de las mujeres, que los abrazaban, yendo a formar a la plaza de Kamón. No se les podía seguir, ni aun hablarles, ni acercarse a las fortificaciones; durante algunos minutos, la ciudad entera permaneció silenciosa como una inmensa tumba; los soldados, apoyados en sus lanzas, y los demás, angustiados.
Al ponerse el sol, salió el ejército por la parte de Occidente; pero en vez de tomar el camino de Túnez o ganar las montañas en dirección a Útica, siguió la costa, llegando en breve a la laguna, en la que las salitreras se reflejaban como enormes espejos de plata olvidados en la ribera.
Fuéronse multiplicando los aguazales; el suelo era cada vez más blando y en él se hundían los pies. Amílcar iba siempre a la cabeza, y su caballo, cubierto de manchas amarillas como un dragón, pisaba el fango haciendo grandes esfuerzos y levantando espuma en torno suyo. Vino la noche; noche sin luna. Algunos gritaron que se iba a la muerte; el caudillo les quitó las armas y las entregó a los criados. El fango se hacía cada vez más hondo; fue preciso montar en los animales de carga o bien agarrarse a la cola de los caballos; los robustos ayudaban a los débiles, y la Legión empujaba a la infantería con la punta de las lanzas. Aumentó la obscuridad; se habían extraviado; todos hicieron alto.
Los esclavos del Sufeta siguieron adelante para encontrar las balizas plantadas por orden de este, de distancia en distancia. Gritaban en las tinieblas, y el ejército les seguía de lejos.
Por fin se pisó tierra firme; luego se dibujó vagamente una curva blanquecina, y llegaron a la orilla del Macar. A pesar del frío, no se encendió fuego.