A media noche se levantaron ráfagas de viento. Amílcar hizo despertar a los soldados, pero sin tocar las trompetas, haciendo que los capitanes les golpearan en la espalda.
Entró en el agua un hombre de alta estatura, y aquella no le llegaba a la cintura; señal de que se podía pasar.
El Sufeta ordenó que treinta y dos elefantes se colocaran en el río, cien pasos más lejos, en tanto que los demás detendrían las líneas de hombres empujados por la corriente; y todos con las armas sobre la cabeza, atravesaron el Macar como entre dos murallas. Se había observado que el viento del Oeste, empujando las arenas, obstruía el río y formaba en toda su anchura una calzada natural.
Este alarde de genio entusiasmó a los soldados y les infundió una confianza extraordinaria. Querían acometer en seguida a los bárbaros, pero el Sufeta les hizo descansar dos horas. No bien salió el sol, los desplegó en el llano, en tres líneas: primero los elefantes, detrás la infantería ligera con la caballería, y en tercera línea la falange.
Los bárbaros acampados en Útica y en las quince millas alrededor del puente, quedaron sorprendidos al ver ondular esta masa. El viento, que soplaba muy fuerte, levantaba torbellinos de arena, como arrancados del suelo, subiendo en grandes capas de color azul, que se rompían para volver a formarse, ocultando siempre a los mercenarios el ejército púnico. Comoquiera que los cartagineses adornaban con cuernos la punta de los cascos, unos mercenarios creyeron ver una tropa de bueyes, en tanto que otros, engañados por el vaivén de los mantos, pretendían ver alas; no faltando quien echándoselas de sabio atribuyera despreciativamente todo esto a una ilusión de espejismo. Sin embargo, algo enorme continuaba avanzando. Pequeños vapores, sutiles como alientos, corrían sobre la superficie del desierto; el sol, ahora más alto, brillaba con más fuerza; una luz áspera y que parecía vibrar entre la profundidad del cielo y los objetos, hacía la distancia incalculable. La inmensa llanura se desplegaba por todos lados, hasta perderse de vista, y las ondulaciones del terreno, casi insensibles, se prolongaban hasta el extremo horizonte, cerrado por la gran línea azul del mar. Los dos ejércitos, fuera de sus tiendas, se miraban; la gente de Útica, para ver mejor, se amontonaba en los baluartes.
Al fin, se vieron muchas barras transversales erizadas de puntas, que se agrandaban y hacían más espesas; montículos negros que se balanceaban, y aparecer de pronto la masa de picas y elefantes.
—¡Los cartagineses! —exclamaron los bárbaros.
Y los soldados de Útica y los del puente salieron en montón, a la desordenada, para caer juntos sobre Amílcar.
Ante este nombre, Espendio tembló: «¡Amílcar! ¡Amílcar!» Matho no estaba allí. ¿Qué hacer? La huida era imposible. La sorpresa, el miedo al Sufeta y, sobre todo, lo urgente de una resolución inmediata, le desconcertaban; se veía traspasado por mil espadas, decapitado, muerto. Pero treinta mil hombres le seguían y confiaban en él; furioso contra sí mismo y confiando en una feliz victoria, se creyó más intrépido que Epaminondas. Para disimular su palidez, tiñó su barba de bermellón, apretó sus grebas y su coraza, bebió una patera de vino puro y corrió hacia su tropa, que se unía a la de Útica.
Ambas divisiones de bárbaros juntáronse con tanta celeridad, que el Sufeta no tuvo tiempo de formar sus hombres en batalla. Los elefantes se detuvieron, balanceando sus pesadas cabezas cargadas de plumas de avestruz y golpeándose las espaldas con la trompa.