Matho, abrumado por el desastre, no había imaginado plan alguno para repararlo. Escuchaba con la boca abierta; y las láminas de bronce que ceñían su busto se levantaban con los latidos de su corazón. Recogió su espada, gritando:
—Sígueme. ¡Vamos!
Los exploradores volvieron anunciando que los cartagineses se habían llevado sus muertos, que el puente estaba en ruinas y que Amílcar había desaparecido con su ejército.
IX
EN CAMPAÑA
Pensaba Amílcar que los mercenarios le esperarían en Útica o que se revolverían contra él; y no encontrando suficientes sus fuerzas para dar el ataque o recibirlo, se había dirigido al Sur, por la orilla derecha del río, poniéndose al abrigo de una sorpresa.
Quería, cerrando los ojos sobre la rebelión, separar todas las tribus de la causa de los bárbaros, y cuando tuviera a estos aislados o en medio de las provincias, caer sobre ellos y exterminarlos.
En catorce días pacificó la región comprendida entre Tucaber y Útica, con las ciudades de Tignicaba, Tesura, Vacca y otras del Occidente. Zagar, edificada en las montañas; Asura, célebre por su templo; Djeraado, fértil en enebros; Tajsitís y Hagur le enviaron embajadas. Los habitantes del campo llegaban cargados de víveres, implorando su protección; besaban sus pies y los de los soldados y se quejaban de los bárbaros. Algunos venían a ofrecerle, en sacos, cabezas de mercenarios muertos por ellos, según decían, pero que en realidad habían cortado a los cadáveres; porque muchos se habían perdido en la huida y se les encontraba muertos en los olivares y en las viñas.
Para deslumbrar al pueblo, Amílcar, al segundo día de la victoria, envió a Cartago los dos mil cautivos cogidos en el campo de batalla. Llegaron en largas compañías de cien hombres cada una, con los brazos atados a la espalda con una barra de bronce que les llegaba a la nuca; los heridos, sangrando, corrían también, mientras los jinetes, detrás de ellos, los empujaban a latigazos.
¡Fue un delirio de alegría! Decíase que habían muerto seis mil bárbaros y que la guerra había terminado porque los demás no la proseguirían; se abrazaban en la calle y se frotaba con manteca y cinamomo la cara de los dioses Pateques en acción de gracias, los cuales, con sus grandes ojos, su gordo vientre y los brazos levantados hasta los hombros, parecían vivos en su pintura y participar de la alegría del pueblo. Los ricos dejaban abiertas sus puertas; resonaban en la ciudad los sones de los tamboriles; de noche se iluminaban los templos, y las sirvientes de la Diosa, bajando a Malqua, pusieron tablados de sicomoro en las principales esquinas, y en ellos se prostituían. Se concedieron tierras a los vencedores, se hicieron holocaustos a Moloch, votaron trescientas coronas de oro para el Sufeta, al que sus partidarios proponían otorgarle nuevos honores y preeminencias.