Había solicitado este entablar nuevas negociaciones con Autharita, para canjear al viejo Giscón y demás cartagineses cautivos por los bárbaros prisioneros. Los libios y los nómadas que componían el ejército de Autharita, apenas conocían a estos mercenarios, hombres de raza italiana o griega; y puesto que la República les ofrecía tantos bárbaros a cambio de tan pocos cartagineses, pensaron que los unos no valían nada y los otros mucho. Temiendo una celada, Autharita rehusó.

En vista de esto, los Ancianos decretaron la ejecución de los cautivos, aunque el Sufeta les escribió en contrario, porque contaba incorporar los mejores a sus tropas y excitar por este medio las deserciones. Pero el odio pudo más que su prudencia.

Los dos mil bárbaros fueron atados en los Mapales a los postes de las tumbas, y mercaderes, pinches de cocina, bordadores y hasta las mujeres, las viudas de los muertos con sus hijos, vinieron a matarlos a flechazos. Se les tiraba despacio, para prolongar su suplicio; se bajaba el arma y se levantaba por turno; la multitud se empujaba vociferando. Los paralíticos se hacían conducir en sus camillas; muchos, por precaución, llevaban la comida y allí permanecían hasta la noche; otros pernoctaban en el lugar. Se habían plantado tiendas y se bebía a discreción. Muchos ganaron bastante dinero alquilando arcos.

Después se dejaron en pie las cruces con los cadáveres, que parecían sobre ellas otras tantas estatuas rojas; y la exaltación contagió a la gente de Malqua, de familias autóctonas y de ordinario indiferentes a las cosas de la patria. En reconocimiento de los placeres que esta les proporcionaba, se interesaban ahora en su fortuna, se sentían púnicos, y los Ancianos consideraron como una habilidad haber fundido a todo el pueblo en una misma venganza.

No faltó la sanción de los dioses, porque de todos los lados del cielo acudieron cuervos, describiendo círculos en el aire con roncos graznidos, y formando como una negra nube que continuamente rodaba sobre sí misma. Se la veía de Clipea, de Radés y del promontorio Hermeo. A veces se abría de repente y se alargaba en negras espirales; era un águila que había entre la bandada y luego se iba; en las azoteas, en las cúpulas, en la punta de los obeliscos y en los frontis de los templos se posaban avechuchos con restos humanos en el pico enrojecido.

A causa de la pestilencia, los cartagineses se resignaron a desclavar los cadáveres. Quemáronse algunos de estos; se echaron otros al mar, y las olas, agitadas por el viento norte, los depositaron en la playa, en el fondo del golfo, ante el campamento de Autharita.

Tal castigo atemorizó sin duda a los bárbaros, porque de lo alto de Eschmún se les vio abatir sus tiendas, juntar sus rebaños, montar sus bagajes en asnos y alejarse la horda aquella misma noche.

El plan de los bárbaros era moverse alternativamente de Aguas Calientes a Hippo-Zarita, a fin de impedir al Sufeta acercarse a las ciudades tirias; contando además con la posibilidad de volver sobre Cartago.

En este tiempo, los otros dos ejércitos procurarían llegar al Sur; Espendio, por el Oriente, y Matho, por el Occidente, para unirse los tres y sorprender y cercar a Amílcar. Les sobrevino un refuerzo que no esperaban. Narr-Habas, con trescientos camellos cargados de betún, veinticinco elefantes y seis mil jinetes.

El Sufeta, con el fin de debilitar a los bárbaros, juzgó prudente entretener al númida, lejos, en su reino. Desde Cartago se había entendido con Masgaba, bandido gétulo que deseaba forjar un imperio. Con el dinero púnico, este aventurero había sublevado los estados númidas, prometiéndoles la libertad. Pero Narr-Habas, prevenido por el hijo de su nodriza, cayó sobre Cirta, envenenó a los vencedores con el agua de las cisternas, cortó algunas cabezas, y vino contra el Sufeta más furioso que los bárbaros.