Los caudillos de los cuatro ejércitos se pusieron de acuerdo acerca del plan de guerra. Esta sería larga y debía preverse todo.
Convínose en primer lugar en reclamar el auxilio de los romanos, y se ofreció esta embajada a Espendio, quien, como tránsfuga que era, no se atrevió a aceptarla. Se embarcaron doce hombres de las colonias griegas, en Annaba, en una chalupa de los númidas. Los jefes exigieron de todos los bárbaros el juramento de una obediencia absoluta. Todos los días los capitanes revistaban los vestidos y el calzado; se prohibió a los centinelas usar escudos, porque acostumbraban a apoyarlo en la lanza y dormir en pie; a los que llevaban bagaje se les obligó a desprenderse de él; todo debía ponerse a la espalda, a la usanza romana. Como precaución contra los elefantes, Matho creó un cuerpo de jinetes catafractos, en que hombre y caballo desaparecían bajo una coraza de piel de hipopótamo erizada de clavos; para proteger el casco de los caballos se les puso borceguíes de esparto tejido.
Se prohibió saquear pueblos y tiranizar los habitantes de raza no púnica. Pero como la comarca se agotaba, Matho ordenó distribuir los víveres por cabeza de soldado, sin inquietarse por las mujeres, porque los hombres ya atenderían a sus suyas. Por falta de alimentación, muchos se debilitaron; era un incesante motivo de quejas y de invectivas, porque se quitaban las mujeres por la comida o la promesa de su ración. Matho mandó echarlas a todas, sin excepción, y fueron a refugiarse en el campamento de Autharita, donde los galos y tirios, a fuerza de ultrajes, las obligaron a irse.
Al fin acudieron a Cartago, implorando la protección de Ceres y de Proserpina, porque había en Byrsa un templo con sacerdotes consagrados a estas diosas, en expiación de los horrores cometidos en el sitio de Siracusa. Los Sisitas, alegando su derecho a los despojos, reclamaron las más jóvenes para venderlas; los cartagineses nuevos tomaron en matrimonio las rubias espartanas.
Algunas se obstinaron en seguir al ejército, yendo al flanco de las sintagmas, al lado de los capitanes. Llamaban a sus hombres, les tiraban del manto, se golpeaban el pecho, maldiciéndolos y les mostraban sus hijuelos que lloraban. Este espectáculo ablandaba a los bárbaros; era un estorbo, un peligro. Cuantas veces se las rechazaba, ellas volvían; Matho hizo que las dieran una carga los lanceros de Narr-Habas, y como los bárbaros gritaran que necesitaban mujeres, él les respondió:
—Yo no las tengo.
El genio de Moloch se apoderaba ahora de Matho. A pesar de las rebeliones de su conciencia, ejecutaba cosas espantosas, imaginándose obedecer la voz de un dios. Cuando no podía devastar los campos, los llenaba de piedras para volverlos estériles.
Con reiterados mensajes, excitaba a Espendio y a Autharita a que se dieran prisa. Pero las operaciones del Sufeta eran incomprensibles. Acampó sucesivamente en Eidons, en Monchar, en Tehent; los exploradores creyeron verle en los alrededores de Ischil, cerca de las fronteras de Narr-Habas; y se supo que había cruzado el río arriba de Teburba, como para volver a Cartago. No bien estaba en un lugar, se le encontraba en otro, sin que nadie supiese los caminos que tomaba. Sin librar batalla, el Sufeta conservaba sus ventajas; perseguido por los bárbaros, parecía dirigirlos.
Tales marchas y contramarchas fatigaban más y más a los cartagineses; las fuerzas de Amílcar no se renovaban y disminuían de día en día. La gente del campo le suministraba víveres con más lentitud; encontraba en todas partes una vacilación, un odio callado; y no obstante sus ruegos al Gran Consejo, no le enviaban de Cartago ningún socorro.
Decíase que no lo necesitaba, que era una astucia o quejas inútiles; y los partidarios de Hannón, con tal de perjudicarle, exageraban la importancia de su victoria. Bueno que se hiciera el sacrificio de las tropas que mandaba, pero no se iba a satisfacer siempre sus demandas. La guerra era muy pesada; había costado mucho y por orgullo; los patricios de su facción le apoyaban con tibieza.