Desesperando de la República, levantó por la fuerza en las tribus todo lo que necesitaba para la guerra: grano, aceite, leña, animales y hombres; pero los habitantes no tardaron en emigrar. Los pueblos que atravesaba estaban vacíos; se registraban las cabañas y no se encontraba nada, y una espantosa soledad rodeó al ejército cartaginés.

Furioso este, saqueó las provincias, cegaba las cisternas e incendiaba las casas. Las chispas, llevadas por el viento, incendiaban bosques enteros; rodeaban los valles con coronas de fuego, y había que esperar, para proseguir la marcha bajo el sol ardiente y sobre cenizas calientes.

Algunas veces, en los bordes del camino, veían brillar en un matorral así como pupilas de leopardo. Era un bárbaro acurrucado sobre los talones, y que se había cubierto de polvo para confundirse con el color del follaje; o bien cuando se atravesaba un barranco, los que iban a los flancos oían de pronto rodar piedras, y levantando la mirada veían en la abertura del desfiladero un hombre que saltaba con los pies desnudos.

Sin embargo, Útica e Hippo-Zarita estaban libres, porque los mercenarios no las sitiaban. Amílcar mandó que vinieran en su ayuda. No atreviéndose a comprometerse, le respondieron con vaguedades, cumplimientos y excusas.

Bruscamente se trasladó al Norte, resuelto a entrar en una ciudad tiria, aunque le costara un sitio. Le hacía falta un punto en la costa, con el fin de sacar de las islas, o de Cirene, provisiones y soldados, y se fijó en el puerto de Útica, por ser el más próximo a Cartago.

El Sufeta partió, pues, de Zutín y rodeó el lago de Hippo-Zarita, con prudencia. Muy pronto hubo de formar sus regimientos en columna para subir la montaña que separa los dos valles. Al ponerse el sol bajaban los cartagineses de la cumbre, ahuecada en forma de embudo, cuando advirtieren delante de ellos, a ras del suelo, lobas de bronce que parecían correr por la hierba, y aparecer de repente grandes penachos, oyéndose un canto formidable al son de flautas. Era el ejército de Espendio; campanios y griegos, por odio a Cartago, habían adoptado las divisas de Roma.

Al mismo tiempo, aparecieron a la izquierda largas picas, escudos con piel de leopardo, corazas de lino y espaldas desnudas. Eran los iberos de Matho, los lusitanos, baleares y gétulos; se oía el relincho de los caballos de Narr-Habas, que se extendieron alrededor de la colina; después llegó la turba que mandaba Autharita; los galos, libios y nómadas; y en medio de todos se reconoció a los «Comedores de cosas inmundas», por las espinas de pescado que llevaban en la cabellera.

De esta manera, se habían juntado los bárbaros, combinando sus marchas con exactitud.

Amílcar había amontonado su gente en masa orbicular, de modo que ofreciera una resistencia igual en todas partes. Altos escudos puntiagudos, fijos en tierra, unos al lado de otros, rodeaban a la infantería. Los clinabaros quedaban por la parte de fuera y más lejos, de trecho en trecho, los elefantes. Los mercenarios estaban abrumados de fatiga; valía mejor esperar el día, y seguros de la victoria, pasaron la noche comiendo.

Habían encendido fogatas que deslumbrándolos, dejaban en la sombra al ejército cartaginés, debajo de ellos. Amílcar hizo cavar alrededor de su campo, como los romanos, un foso ancho de quince pasos y de diez codos de profundidad; levantar con la tierra excavada un parapeto, en el que plantó estacas agudas, entrelazadas: al salir el sol, quedaron pasmados los bárbaros al ver a los cartagineses atrincherados como en una fortaleza.