No obstante, cuanto más parecía dudar Schahabarim de Tanit, más quería creer. En el fondo de su alma le detenía un remordimiento. Le faltaba alguna prueba, alguna manifestación de la diosa, y en la esperanza de obtenerla, el sacerdote imaginó una empresa que podía salvar a la vez su patria y su creencia.
Empezó por deplorar ante Salambó el sacrilegio y las desgracias que se producían hasta en las regiones celestes. Luego, de repente, le anunció el peligro del Sufeta, asaltado por tres ejércitos que mandaba Matho; porque Matho, para los cartagineses, era a causa del velo, como el rey de los mercenarios; y añadió que la salvación de la República y de su padre dependía solo de ella.
—¿De mí? —exclamó Salambó—. ¿Cómo puedo yo?...
—¡No consentirás nunca! —repuso el sacerdote, con una sonrisa de desdén—. ¡Es menester que vayas entre los bárbaros y recobres el zaimph!
Salambó se inclinó en su escabel de ébano, quedando con los brazos extendidos sobre las rodillas y toda temblorosa, como una víctima al pie del altar, esperando el golpe de maza. La zumbaban los oídos, veía girar círculos de fuego y, en su estupor, no comprendía más que una cosa: la de que seguramente iba a morir pronto.
Pero si la Rabbetna triunfaba, si el zaimph era devuelto y Cartago salvada, ¿qué importaba la vida de una mujer?, pensaba Schahabarim. Además, quizás pudiera conseguir el velo sin morir.
Estuvo tres días sin dejarse ver, y el cuarto por la noche la hizo llamar.
Para inflamar mejor su corazón la enteró de todas las invectivas que se vociferaban contra Amílcar en pleno Consejo; añadiendo que ella había faltado y que debía reparar su crimen, puesto que la Rabbetna ordenaba el sacrificio.
Con frecuencia llegaba a Megara un prolongado clamor que atravesaba los Mapales. Schahabarim y Salambó salían prestamente, y desde lo alto de la escalera de las galeras, veían gente en la plaza de Kamón, gritando que les dieran armas. Los Ancianos no querían dárselas, creyendo inútil este esfuerzo; varias partidas sin jefe habían sido acuchilladas. Al cabo se les permitió ir, y, por una especie de homenaje a Moloch o por un vago deseo de destrucción, arrancaron grandes cipreses de los bosques de los templos, y encendiéndolos en las antorchas de los Kabiros, los llevaban por las calles, cantando. Estas llamas monstruosas adelantaban moviéndose suavemente; irisaban con su luz las bolas de vidrio de la cresta de los templos, los ornamentos de los colosos, los espolones de las naves, rebasaban las azoteas y formaban como soles que rodaban por la ciudad. Bajaron la Acrópolis; se abrió la puerta de Malqua.
—¿Estás pronta? —preguntó Schahabarim—, ¿o bien ordenaste digan a tu padre que le has abandonado?