Salambó se tapó la cara con los velos, y las grandes luminarias se alejaron poco a poco por el borde de las aguas.
Un espanto indefinible la retenía; tenía miedo a Moloch, miedo a Matho. Este hombre de estatura gigante, que era el dueño del zaimph, dominaba la Rabbetna, tanto como Baal, y se le aparecía rodeado de los mismos fulgores; además del alma, dioses visitaban algunas veces el cuerpo de los hombres. Hablando de esto Schahabarim, ¿no había dicho que ella debía vencer a Moloch? Matho y Moloch se confundían y mezclaban en su pensamiento y ambos a dos la perseguían.
Quiso conocer su porvenir y se acercó a la serpiente; porque se sacaban los augurios por la actitud de las serpientes. Pero la canastilla estaba vacía. Salambó se turbó.
La encontró enroscada por la cola en uno de los balaustres de plata, cerca del lecho colgante, que frotaba para desprenderse de la vieja piel amarillenta, en tanto que su cuerpo luciente y claro se alargaba como espada sacada a medias de la vaina.
En los siguientes días, a medida que Salambó se dejaba convencer y estaba más dispuesta a socorrer a Tanit, la pitón se curaba, engordaba y parecía revivir. Con esto se cercioró Salambó de que el pontífice era el portavoz de los dioses. Una mañana se levantó determinada y preguntó qué era necesario hacer para que Matho devolviera el velo.
—¡Reclamarlo! —contestó Schahabarim.
—¿Y si él rehúsa?
El sacerdote la miró fijamente, con una sonrisa que ella no había visto nunca en él.
—Sí; ¿qué hacer? —repitió la joven.
Schahabarim daba vueltas entre sus dedos a las puntas de las tocas que caían de su tiara, con los ojos bajos e inmóvil. Al fin, viendo que ella no comprendía, dijo: