—¡Sigue! —dijo Salambó, haciendo un esfuerzo para animarse. Y llena de impaciencia, amonestaba a Taanach para que se diera prisa.

—¡Bien, bien, ama!... Ninguno te está esperando —repuso la esclava en tono de reproche.

—Sí —contestó Salambó—; alguien me espera.

Retrocedió sorprendida la esclava.

—Ama, ¿qué me mandas? Si has de estar ausente mucho tiempo... ¡Tú sufres! ¿Qué te pasa? No te vayas; llévame contigo. Cuando eras pequeñuela, yo te apretaba contra mi corazón y te hacía reír con los pezones de mis tetas; ¡tú las agotaste, ama! —y se golpeaba los pechos secos—. Ahora soy vieja, no puedo servirte; ya no me quieres, me ocultas tus penas; desdeñas a tu nodriza.

Y lágrimas de ternura y de despecho corrían por sus mejillas cortadas por los tatuajes.

—¡No —dijo Salambó—; no, sigo queriéndote; consuélate!

Taanach, con una sonrisa parecida a la mueca de un mono viejo, prosiguió su tarea. Schahabarim tenía encargado a Salambó que se vistiera con magnificencia, y así lo hizo, según el gusto bárbaro, a un tiempo exquisito e ingenuo.

Encima de una primera túnica, delgada y de color de fresa, la esclava le puso otra bordada de plumas de pájaro. Colgaban de la cintura escamas de oro, y los flecos de los bombachos azules, eran estrellas de plata. Luego la cubrió con otra gran túnica cortada por líneas verdes, hecha con tela de Seres. Ató a la espalda un cuadrado de púrpura, con el borde inferior atirantado con granos de sandrasto; y sobre todas estas vestiduras, colocó un manto negro cuya cola le llegaba a los talones. Al concluir la tarea, la esclava contempló a su ama, y orgullosa de su obra, no pudo menos de decir:

—¡No estarás más hermosa el día de tu boda!