—¿Mi boda? —repitió Salambó, pensativa, con el codo apoyado en la silla de marfil.
Taanach la puso delante un espejo de cobre tan ancho y tan alto, que Salambó se vio de cuerpo entero. Se levantó, y con blando gesto se arregló un bucle de cabellos que estaba demasiado caído.
Tenía la cabellera cubierta de polvos de oro, encrespada en la frente, y colgando por la espalda, sus largos tirabuzones terminados en perlas. Las luces del candelabro avivaban el afeite de sus mejillas, el oro del vestido, la blancura de su piel. Llevaba alrededor del talle, en brazos, manos y dedos del pie tal abundancia de piedras preciosas, que el espejo, como un sol, reflejaba en ellas sus luces. Salambó, de pie al lado de la esclava, se ladeaba para mirarse, sonriendo a este deslumbramiento de su hermosura.
Luego se paseó de un lado a otro, no sabiendo cómo emplear el tiempo que faltaba para la partida.
De improviso, sonó el canto de un gallo. Salambó prendió a sus cabellos un largo velo amarillo, arrolló al cuello una banda, se calzó unos botines de cuero azul y dijo a Taanach:
—Mira si debajo de los mirtos está un hombre con dos caballos.
Cuando la esclava volvía, ya bajaba Salambó la escalera.
—¡Ama! —exclamó la nodriza.
Salambó se volvió a ella, y con un dedo en la boca, la ordenó discreción.
Taanach anduvo a lo largo de las proas de las galeras hasta el pie de la terraza, y de lejos, a la claridad de la luna, vio en la avenida de los cipreses una sombra gigantesca que iba a la izquierda de Salambó y en sentido oblicuo, lo cual era presagio de muerte.