Se iban sucediendo los llanos abandonados; el polvo de carbón que levantaban las cabalgaduras se extendía por grandes espacios de tierra amarilla; algunas veces encontraban sitios apacibles, un arroyo que corría entre hierbas, y Salambó, para refrescar las manos, arrancaba hojas mojadas. En la linde de un bosque de adelfas, su caballo dio un respingo ante el cadáver de un hombre tendido en el suelo.

El guía esclavo arregló el arnés en seguida. Era uno de los servidores del Templo, y hombre que Schahabarim empleaba en misiones peligrosas. Por exceso de precaución, iba ahora a pie entre los dos caballos, a los que animaba con un rebenque atado a la muñeca; o bien sacaba de un zurrón colgado al pecho bolas de trigo, dátiles y yemas de huevo, envueltas en hojas de loto, y que ofrecía a Salambó, sin dejar de correr.

A mitad del día cruzaron el camino tres bárbaros, vestidos con piel de animales. Poco a poco fueron apareciendo otros, en grupos de diez, doce y veinticinco hombres, muchos de estos arreando cabras o alguna vaca que cojeaba. Sus pesados bastones estaban erizados de puntas de cobre; brillaban los cuchillos bajo sus vestidos, horriblemente sucios, y miraban entre amenazadores y asombrados. Al paso de los viajeros, algunos enviaban una bendición; otros murmuraban palabras obscenas. El guía de Salambó contestaba a todos en sus distintos idiomas. Les decía que llevaba a un joven enfermo a curarse a un templo lejano.

Iba haciéndose tarde, y se oyeron ladridos. A la última luz del crepúsculo llegaron los viajeros a un cercado de piedras secas, con una vaga construcción en medio. Corría un can por la tapia; el esclavo le tiró una piedra, y entraron en una sala alta y abovedada.

Una mujer se estaba calentando junto a un montón de charrascas encendidas, yéndose el humo por los agujeros del techo. Sus blancos cabellos, que la caían hasta las rodillas, la tapaban a medias, y sin decir palabra, con expresión idiota, murmuraba palabras incoherentes de venganza contra los bárbaros y contra los cartagineses.

El guía registró a derecha e izquierda, y acercándose a la mujer la pidió de cenar. La vieja meneaba la cabeza, y con la mirada fija en las brasas balbuceaba:

—Los diez dedos están cortados. La boca no come más.

El esclavo la enseñó unas monedas de oro. Pareció animarse la vieja, pero en seguida volvió a su inmovilidad. Le puso un puñal en la garganta, y entonces, temblorosa, fue a levantar una ancha losa y trajo una ánfora de vino con peces de Hippo-Zarita confitados en miel.

Salambó rechazó este alimento inmundo, y se durmió sobre las mantas de los caballos, tendidas en un rincón de la sala.

Antes de ser día, se despertó. Ladraba el perro. El esclavo se le acercó callado, y de una sola cuchillada le cortó la cabeza, y con la sangre frotó las narices de los caballos para reanimarlos. La vieja le maldijo. Lo oyó Salambó y apretó contra el pecho el amuleto que llevaba sobre el corazón.