Prosiguieron la marcha.

A intervalos preguntaba ella si llegarían pronto. La ruta ondulaba por pequeñas colinas. Se oía el chirrido de las cigarras. Calentaba el sol la amarillenta hierba; todo el terreno estaba hendido por aberturas que iban formando a manera de losas monstruosas. En ocasiones pasaba una víbora y volaban águilas; el esclavo corría siempre; Salambó soñaba envuelta en sus velos, y a pesar del calor no los apartaba, temiendo manchar sus hermosos vestidos.

A distancias regulares, se levantaban torres edificadas por los cartagineses para vigilar las tribus. Los viajeros entraban en ellas, buscando la sombra, y luego seguían su camino.

La víspera, por prudencia, habían dado un gran rodeo; pero ahora, no encontraban a nadie; la región era estéril y los bárbaros no habían pasado por ella.

Volvió a verse la devastación: en mitad del campo, un mosaico, como últimos restos de una quinta, y olivares sin hojas, que de lejos parecían anchos matorrales de espinos. Pasaron por un pueblo cuyas casas estaban quemadas a ras del suelo, viéndose esqueletos humanos a lo largo de las murallas, y la carroña de dromedarios y mulas muertas que llenaban las calles.

Venía la noche, y el cielo se veía bajo y cubierto de nubes. Subieron durante dos horas en dirección a Occidente, y de pronto divisaron ante ellos multitud de pequeñas llamas en el fondo de un anfiteatro.

Aquí y acullá brillaban placas de oro, que cambiaban de sitio. Eran las corazas de los clinabaros del campo púnico; luego distinguieron en los contornos otros brillos en mayor número, porque las armas de los mercenarios se extendían confundidas en un gran espacio.

Salambó hizo un movimiento para adelantarse; pero el hombre de Schahabarim la llevó más lejos y bordearon la terraza que cerraba el campo de los bárbaros. Encontraron una brecha, y el esclavo desapareció.

En la cima del reducto se paseaba un centinela con un arco en la mano y la pica a la espalda.

Como Salambó iba acercándose, el bárbaro se arrodilló y disparó una flecha, que vino a clavarse por debajo de su manto. Se paró ella, gritando, y él la preguntó qué quería.