—Hablar a Matho —contestó ella—. Soy un tránsfuga de Cartago.

El centinela dio un silbido que se repitió de distancia en distancia.

Esperó Salambó. Su caballo, asustado, daba vueltas, relinchando.

Cuando llegó Matho la luna se levantaba detrás de ella; pero como la cubría un velo amarillo con flores negras y tanta ropa alrededor del cuerpo, era imposible ver nada. De lo alto de la terraza, Matho contemplaba esta vaga forma, erguida como un fantasma en la penumbra de la noche.

Al fin ella le dijo:

—¡Llévame a tu tienda! ¡Yo lo quiero!

Un recuerdo que no podía precisar atravesó la memoria del bárbaro. Sentía latir su corazón. Este acento de mando le intimidaba.

—¡Sígueme! —la dijo.

Se bajó la barrera, y en seguida entró Salambó en el campo de los mercenarios. Lo llenaba un gran tumulto y una gran multitud. Ardían fuegos debajo de marmitas colgadas, y sus purpúreos reflejos, al iluminar ciertos sitios, dejaban otros completamente a obscuras. Había gritos y llamadas; los caballos, trabados, formaban largas hileras en medio de las tiendas; estas eran redondas o cuadradas, de cuero o de tela; había chozas de caña y agujeros en la arena, como los que excavan los perros. Los soldados porteaban faginas, se sentaban en tierra o se envolvían en una manta, disponiéndose a dormir, y el caballo de Salambó, para pasar por encima, algunas veces alargaba una pierna y daba un salto.

Recordaba ella haberlos ya visto; pero tenían ahora las barbas más largas, sus caras estaban más negras y las voces eran más broncas. Matho iba delante de ella, apartándolos con un movimiento del brazo, que levantaba su manto rojo. Algunos besaban sus manos; otros, doblando el espinazo, se le acercaban a pedirle órdenes; porque ahora era él el verdadero jefe de los bárbaros. Espendio, Autharita y Narr-Habas estaban desalentados, y él había mostrado tanta audacia y obstinación, que todos le obedecían.