Siguiéndole Salambó, atravesó todo el campo. Su tienda estaba en el extremo, a trescientos pasos del atrincheramiento de Amílcar.

Observó ella, a la derecha, un ancho foso, y le pareció asomaban caras en los bordes, al nivel del suelo, como si fueran cabezas cortadas; pero movían los ojos y de sus bocas salían gemidos en lengua púnica.

Dos negros con antorchas de resina, estaban a ambos lados de la puerta. Matho apartó bruscamente la tela, y ella le siguió.

Era una tienda espaciosa, con un mástil en medio. La alumbraba una lámpara grande, en forma de loto, llena de un aceite amarillo, en el que flotaban puñados de estopas; relucían en la sombra objetos militares. Una espada desnuda se apoyaba en un escabel, cerca de un escudo; látigos de cuero de hipopótamo, címbalos, cascabeles y collares se entremezclaban con cestas de esparto; las migas de un pan negro manchaban una manta de fieltro; en un rincón, sobre una piedra redonda, había un montón de moneda de cobre, y por entre los rasgones de la tela de la tienda, el viento traía el polvo de fuera y el olor de los elefantes, a los que se oía comer sacudiendo sus cadenas.

—¿Quién eres? —preguntó Matho.

Sin contestar, miró ella alrededor lentamente; sus ojos se detuvieron en el fondo, donde sobre un lecho de hojas de palmera, había una cosa azulada y chispeante.

Salambó se adelantó con viveza, dando un grito. Matho, detrás de ella, se sentía impaciente.

—¿Qué te trae aquí? ¿A qué vienes?

Respondió ella, señalando el zaimph:

—¡Para llevármelo!