Y con la otra mano se arrancó los velos que la cubrían. Matho retrocedió, con los codos hacia atrás, sorprendido, casi aterrorizado.

Ella se sentía como apoyada por la fuerza de los dioses, y mirándole cara a cara, le pedía el zaimph; se lo reclamaba con palabras elocuentes y soberbias.

Matho no la oía; la contemplaba, y los vestidos se confundían para él con el cuerpo. El moaré de las telas era como el esplendor de su piel, algo especial y privativo de ella. Brillaban sus ojos como los diamantes; el pulimento de sus uñas era la continuación de la finura de las joyas que llevaba en los dedos; los dos corchetes de su túnica, levantando un poco sus pechos, los juntaba uno con otro, y él se perdía con el pensamiento en este estrecho intervalo, del que bajaba un hilo con una placa de esmeraldas, que se traslucía debajo de una gasa morada. Llevaba por pendientes dos pequeñas balanzas de zafiro con una perla hueca cada una, llena de un perfume líquido. Por los agujeros de la perla, caía, de rato en rato, una gotita sobre la espada desnuda, y Matho la miraba caer.

Invencible curiosidad le arrastró, y como niño que pone la mano en una fruta desconocida, tembloroso, y con la punta del dedo, tocó suavemente en el nacimiento del pecho: la carne, un poco fría, cedió con resistencia elástica.

Este contacto, aunque apenas sensible, exaltó a Matho, y fuera de sí mismo, se precipitó a ella, queriéndola envolver, absorberla, beberla. Palpitaba su pecho y rechinaban sus dientes.

Tomándola por las dos muñecas, la empujó suavemente y se sentó sobre una coraza, al lado del lecho de palma, cubierto por una piel de león. La miraba de pies a cabeza, y teniéndola sentada en sus orillas, repetía:

—¡Qué hermosa eres! ¡Qué hermosa!

Los ojos seguían fijos en los suyos y la hacían sufrir, y este malestar, esta repugnancia llegó a tal extremo que Salambó se contenía para no gritar; pero se acordó de Schahabarim y se resignó.

Matho retenía siempre sus manos en las suyas, y de cuando en cuando, a pesar de las órdenes del sacerdote, ella trataba de apartarlas, sacudiendo los brazos. Él inflaba las narices para aspirar mejor el perfume que se exhalaba de toda ella; emanación indefinible, fresca, pero que aturdía como el humo de una cazoleta. Olía a miel, a pimienta, a incienso, a rosas y a otras cosas más.

¿Pero cómo estaba ella a su lado, en su tienda, a discreción suya? ¿Quién la había empujado hasta allí? ¿Había venido solo por el zaimph? Dejó caer los brazos y bajó la cabeza, abrumado por un repentino ensueño.