Salambó, con el fin de enternecerle, le dijo con voz quejumbrosa:
—¿Qué te hice yo para que quieras mi muerte?
—¿Tu muerte?
—Yo te vi una noche, en el incendio de mis jardines que ardían, entre copas humeantes y mis esclavos degollados, y tu cólera era tan fuerte que te precipitaste a mí y hube de huir. Después, el terror se ha apoderado de Cartago. Se pregonaba la destrucción de las ciudades, el incendio de los campos, la matanza de soldados; ¡fuiste tú quien los perdiste; tú quien los asesinaste! ¡Te odio! Solo tu nombre es un remordimiento para mí. ¡Eres más execrable que la peste y que la guerra romana! Las provincias tiemblan ante tu furor; los surcos están llenos de cadáveres. Yo he seguido el rastro de tus devastaciones, como si fuera detrás de Moloch.
Matho se levantó de un salto; orgullo colosal le hinchaba el pecho: se veía exaltado como un dios.
Salambó continuó diciendo:
—Como si no fuera bastante tu sacrilegio, viniste a mi casa, mientras yo dormía, envuelto en el zaimph. No entendí tus palabras, pero comprendí que querías llevarme al fondo de un abismo.
Matho, retorciéndose los brazos, exclamó:
—¡No!, ¡no! Era para dártelo, para entregártelo. Me parecía que la diosa había dejado su vestido para ti, y que te pertenecía. En su templo o en tu casa, ¿qué importa? ¿No eres tú omnipotente, inmaculada, radiante y bella como Tanit?
Y con una mirada llena de adoración infinita, agregó: