—¡A menos que seas tú la misma Tanit!
—¿Yo, Tanit?...
No hablaron más. El trueno retumbaba a lo lejos. Balaban los carneros, asustados por la tempestad.
—¡Oh! ¡Acércate —dijo él—, acércate! No temas nada. Antes yo no era más que un soldado obscuro entre los mercenarios, tan dócil que llevaba para los otros leña a las espaldas. ¡Qué me importa Cartago! La multitud de su gente se agita como perdida en el polvo de tus sandalias, y todos sus tesoros y provincias, naves e islas no me causan la envidia que el frescor de tus labios y el torneado de tus hombros. ¡Si quise derribar sus murallas fue con el fin de llegar hacia ti, de poseerte! Entretanto, me vengaba. Ahora, aplasto los hombres como conchas y me arrojo sobre las falanges, aparto las lanzas con la mano, detengo a los caballos por las narices; no me mataría una catapulta. ¡Oh! ¡Si supieras cuánto pienso en ti, durante la guerra! El recuerdo de un gesto, de un pliegue de tu vestido, me sobrecoge de pronto y me aprisiona como una red. Veo tus ojos en las llamas de las faláricas y en el dorado de los escudos. Oigo tu voz en el sonido de los címbalos. Me vuelvo, no te veo, y me distraigo guerreando.
Levantaba el brazo, en el que las venas se entrecruzaban como lianas en las ramas del árbol. Sudaba su pecho, de músculos cuadrados, y su respiración agitaba sus costados juntamente con el cinturón adornado de cintas que caían hasta sus rodillas, más duras que el mármol. Salambó, acostumbrada a los eunucos, se asombraba de la fuerza de este hombre. Era el castigo de la diosa o la influencia de Moloch, que circulaba alrededor de ella, en los cinco ejércitos. Se sentía débil; escuchaba con estupor el grito intermitente de los centinelas, contestándose unos a otros.
Las llamas de la lámpara oscilaban movidas por ráfagas de aire caliente. A intensos resplandores sucedía la obscuridad, y Salambó no veía más que las pupilas de Matho, como dos ascuas en la noche. Estaba persuadida de que una fatalidad pesaba sobre ella, que estaba abocada a un momento supremo, irrevocable, y haciendo un esfuerzo subió hasta el zaimph y levantó las manos para cogerlo.
—¿Qué haces? —exclamó Matho.
Respondió ella plácidamente:
—Me vuelvo a Cartago.
Matho fue a ella con los brazos cruzados y con aire tan terrible que Salambó quedó como clavada en el suelo.