—¡Volverte a Cartago! ¡Volverte a Cartago! ¿De modo que has venido para coger el zaimph, para vencerme, y luego desaparecer? ¡No, no; tú me perteneces, y nadie te arrancará ahora de aquí! ¡Oh! ¡No he olvidado la insolencia de tus ojos y cómo me aplastabas desde la altura de tu belleza! Ahora me toca a mí; eres mi cautiva, mi esclava, mi servidora. Llama, si te parece, a tu padre con su ejército, a los Ancianos, a los Ricos, a toda la execrable Cartago. ¡Soy el amo de trescientos mil soldados! Iré a buscar más a Lusitania, a las Galias y en el fondo del desierto, y destruiré tu ciudad y quemaré sus templos; las trirremes navegarán sobre olas de sangre. ¡No quiero que quede ni una casa, ni una piedra, ni una palmera! ¡Y si me faltan los hombres, llamaré a los osos de las montañas y empujaré a los leones! ¡No trates de huir, porque te mato!

Pálido, y con los puños crispados, temblaba como arpa cuyas cuerdas van a estallar. De pronto, le ahogaron los sollozos y, casi humillándose, añadió:

—¡Ah! ¡Perdóname! ¡Soy más infame y más vil que los escorpiones, que el fango y el polvo! Cuando tú hablabas, tu aliento ha pasado por mi cara, deleitándome como a un moribundo que bebe de bruces al borde de un arroyo. ¡Aplástame, con tal que sienta tus pies! ¡Maldíceme, con tal que oiga tu voz! ¡No te vayas, por compasión! ¡Te amo! ¡Te amo!

Estaba de rodillas ante ella; la ceñía el talle con ambos brazos, con la cabeza hacia atrás y las manos inquietas; los discos de oro colgados de sus orejas brillaban sobre su cuello de bronce; gruesas lágrimas brotaban de sus ojos, parecidos a globos de plata; suspiraba de un modo acariciador, y murmuraba vagas palabras, blandas como la brisa y suaves como un beso.

Salambó sentíase invadida por una laxitud que la hacía perder la conciencia de sí misma. Algo, a la vez íntimo y superior, una orden de los dioses la obligaba a entregarse, y desfallecida, se dejó caer en el lecho sobre las pieles de león. Matho la cogió de los pies, estalló la cadenilla de oro, y al volar las dos puntas hirieron la tela como dos víboras furiosas. El zaimph cayó, envolviéndoles. Salambó vio la cabeza de Matho sobre su seno.

—¡Moloch! ¡Tú me quemas!

Y los besos del soldado, más devoradores que llamas, la envolvían; sentíase como arrastrada por el huracán, como quemada por la fuerza del sol.

Matho la besaba los dedos de las manos, los brazos, los pies y las largas trenzas de sus cabellos de un extremo a otro.

—¡Llévatelo! —la decía—. ¿Qué me importa? Llévame también contigo. ¡Abandono el ejército, renuncio a todo! Más allá de Gades, a veinte días de mar, hay una isla cubierta de polvo de oro, de verdor y de pájaros. Grandes flores llenas de perfumes se balancean en las montañas, como eternos incensarios; en los limoneros, más altos que cedros, las serpientes de color de leche hacen caer las frutas en el césped con los diamantes de sus fauces; el aire es tan suave que impide morir. ¡Oh! ¡Verás cómo yo la encontraré! Viviremos en grutas de cristal, talladas al pie de las colinas. Nadie la habita aún, y yo seré el rey de aquella tierra.

Limpió el polvo de sus coturnos; quería que ella pusiera entre sus labios un pedazo de granada; amontonó vestidos detrás de su cabeza para hacerle una almohada. Buscaba los medios de servirla, de humillarse, y hasta llegó a extender sobre sus piernas el zaimph, como un sencillo tapiz.