—¿Conservas —la dijo— los cuernecillos de gacela de que cuelgas tus collares? ¡Me los darás; los quiero!

Hablaba como si hubiera terminado la guerra y se sonreía; los mercenarios, Amílcar, todos los obstáculos habían desaparecido para él. La luna resplandecía entre dos nubes, y ellos la veían por una abertura de la tienda.

—¡Ah! ¡Cuántas noches he pasado contemplándola! Me parecía un velo que ocultaba tu rostro, y que tú me mirabas tras ella; tu recuerdo se mezclaba con sus destellos; no os diferenciaba una de otra.

Y con la cabeza entre los senos de ella lloraba a lágrima viva.

—¡Es este el hombre formidable que hace temblar a Cartago! —pensaba Salambó.

Matho se durmió. Entonces, Salambó, desprendiéndose de sus brazos, puso un pie en tierra y advirtió que se había roto su cadeneta. Acostumbraban las vírgenes de alta alcurnia respetar esta traba como algo religioso, y Salambó, ruborizándose, arrolló alrededor de sus piernas los dos trozos de la cadena de oro.

Cartago, Megara, su casa, su habitación y los campos que había atravesado se amontonaban en su memoria en imágenes tumultuosas, y, sin embargo, precisas. Pero el abismo abierto ahora las ponía lejos de ella, a infinita distancia.

Cesaba la tempestad, pero algunas gotas que caían hacían oscilar el techo de la tienda.

Matho, como un hombre ebrio, dormía de lado, con un brazo colgando del borde del lecho. Su cinta de perlas estaba algo subida y descubría la frente. Una sonrisa separaba sus dientes, que brillaban entre su negra barba, y en sus párpados entreabiertos se advertía una alegría silenciosa, casi ultrajante.

Salambó le contemplaba inmóvil, con la cabeza baja y las manos cruzadas.